El conflicto en Oriente Medio ha llegado al carrito de la compra. Y los supermercados ya no esperan: han movido ficha. El Corte Inglés, Mercadona, Carrefour, Aldi, Grupo Día y Lidl han activado a marchas forzadas estrategias de congelación y rebaja de precios para evitar que la inflación alimentaria espante a sus clientes.
Lo que está en juego no es poco: la fidelidad del consumidor en uno de los momentos más tensos para la cesta de la compra desde la invasión de Ucrania.
Por qué suben los precios de los alimentos
El detonante está lejos de los lineales. La guerra en Irán ha disparado los costes de la energía y los fertilizantes, y eso se traslada, con retraso pero sin fallo, al precio final de los alimentos.Según el Índice de Precios de los Alimentos de la FAO, la cesta global subió hasta los 128,5 puntos el mes pasado. Eso supone:
- Un +28,5% respecto al periodo base 2014-2016.
- Un +8% desde marzo de 2024.
- Aproximadamente un +35% desde 2019, antes de la pandemia.
Una crisis distinta a la de Ucrania
Máximo Torero, economista jefe de la FAO, lo explica con claridad: el conflicto de Oriente Medio no afecta directamente al suministro mundial de cereales como sí lo hizo la guerra en Ucrania. El impacto es más indirecto, y llega por dos vías:- Mayores costes energéticos (petróleo y derivados).
- Encarecimiento de los fertilizantes.
Cómo están reaccionando las grandes cadenas
Frente a este escenario, los supermercados han optado por absorber parte del golpe. Sus armas:- Congelación de precios en productos básicos.
- Rebajas selectivas en categorías sensibles para el consumidor.
- Promociones agresivas para reforzar la percepción de marca barata.
Lo que esto significa para el consumidor
A corto plazo, las rebajas y congelaciones son una buena noticia para el bolsillo. A medio plazo, conviene mirar con perspectiva: las cadenas no pueden sostener indefinidamente márgenes que no existen, y si los costes energéticos siguen presionando, alguna parte de esa subida acabará llegando al lineal.Mientras tanto, el carrito se ha convertido en un campo de batalla, y el consumidor, casi sin querer, en el árbitro.